Citas: Matías Costa.

El ruido en el mundo de la fotografía es tan ensordecedor que apenas nos deja escuchar nuestra propia voz interior. Y es esa voz la única que nos puede ayudar cuando nos preguntamos qué camino seguir.

A menudo, el artista joven necesita construir con antelación un andamiaje conceptual sobre el que edificar su obra. Solemos olvidar que las cosas se averiguan haciéndolas y el discurso se genera después de una repetición constante y prolongada de puro trabajo. Es la obra la que nos dice quiénes somos nosotros y no al revés.

El proceso creativo es una sensación de trance más o menos prolongado en el que uno busca materializar algo que cree haber intuido previamente dentro de sí. Esa búsqueda es la que verdaderamente importa, la que construye nuestra mirada y desvela nuestra propia voz.

Es el proceso lo que hace madurar a un autor; la obra es el resultado de esa transformación.

Matías Costa.

Pie de foto: “La araña del amor” de Cartier-Bresson.

La araña del amor, México, 1934.

“Corre a raudales el tequila. Sólo él, enfermo de disentería amibiana, se abstiene. Para escapar al aburrimiento, visita la casa en compañía del caricaturista y se pierden en el dédalo de las habitaciones. En el primer piso oyen un leve ruido y…”

Tuve mucha suerte. Me bastó con empujar la puerta. Dos lesbianas estaban haciendo el amor. Era tan voluptuoso, tan sensual… No se les veía la cara. Era milagroso, el amor físico en toda su plenitud. Tonio (Salazar) cogió una lámpara, yo hice varias fotos. No había nada obsceno en ello. Nunca hubiera podido hacer que posaran. Cuestión de pudor.

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Citas: Ansel Adams.

Muchas veces pienso que si la fotografía fuese difícil, en el sentido estricto de la palabra – que la creación de que una simple fotografía supusiera tanto tiempo y esfuerzo como la realización de una buena acuarela o un grabado- habría una enorme mejora en  la producción total. La absoluta facilidad con la que podemos tomar una imagen superficial, nos conduce a menudo a un desastre creativo.

Ansel AdamsA Personal Credo, en American Annual of Photography, vol. 58

Entrevista a Boogie

Ésta es la primera entrevista de Convo, una serie de entrevistas que va a realizar Annals of America. Para mi gusto el entrevistador, le da mas importancia a su mudanza a “América” que a su trabajo como fotógrafo. Pero de todos modos es bastante interesante.

Durante casi 20 años, el fotógrafo serbio Boogie ha documentado las vidas de los marginados de la sociedad. Ha fotografiado miembros de bandas y drogadictos en viviendas de protección oficial de Brooklyn; cabezas rapadas neonazis en Serbia; y prostitutas transexuales en Sao Paulo, Brasil. Se ha ganado la entrada sin restricciones a mundos donde los forasteros son recibidos normalmente con violencia, desconfianza o una combinación de ambas.

Ha contado esas historias con ojo inquebrantable –sin retroceder nunca e intentando siempre mostrar un retrato verídico. “Es simplemente la forma en la que veo el mundo”, dice Boogie, “la gente que ve mi trabajo puede formar su propia opinión”

Las fotografías de Boogie tienen el poder golpearte y dejarte bloqueado, o de encender fuego en tu mente. Sus imágenes son provocativas de una forma inesperada. A medio camino entre la violencia, la pena y la cruda realidad, él se las arregla para arrancar claridad y belleza del caos.

Durante los últimos meses, he estado manteniendo la correspondencia por email con Boogie, hablando de todo, desde la muerte del sueño americano y la paternidad, hasta la vida en América después de la quiebra y qué significa la felicidad. Nuestras conversaciones han sido muy profundas, y me alegra que la entrevista de Boogie inaugure esta nueva serie.


 

 

Cuando escuchas el término “el sueño americano” ¿qué te sugiere?

El sueño americano solía significar algo, pero ahora creo que está muerto. Antes de venir a Estados Unidos, tenía la imagen de los americanos empezando su pequeño negocio y teniendo éxito gracias a su trabajo y a sus buenas ideas. Pero ahora, tú abres tu pequeña cafetería, lo haces genial, y luego llega un Starbucks y te destruye. O pagas tu seguro médico cada mes durante años, luego te pones malo y el seguro no te lo cubre, así que te quedas en bancarrota. Se escuchan cada vez más historias de gente normal de clase media luchando para llegar a fin de mes. Ya no parece un sueño.

¿Crees que es porque la vida en América se ha vuelto más dura, o que sencillamente la vida en el siglo XXI se ha vuelto más difícil en general?

Creo que la vida en general es más difícil, pero no le veo sentido. Con todos los avances tecnológicos que vemos, la vida de la gente debería ser más fácil en vez de más dura.

Tú eres de Belgrado y te mudaste a Nueva York en 1998. ¿Qué te impulsó a mudarte y que  te atrajo al instalarte en Nueva York?

Nunca planeé venir a América pero gané la lotería, y no podía dejar de venir. Teníamos amigos de familiares viviendo en Nueva York,  y al principio me ofrecieron un lugar donde quedarme. Pero una semana antes de venirme, cambiaron de opinión. Vine de todos modos, y me quedé una semana en la casa del amigo de un amigo, alquilé mi primer estudio en Queens, y el resto es la típica historia de un inmigrante.

Cuando llegaste a Nueva York por primera vez, ¿notaste el cambio cultural?

Por supuesto, fue un cambio cultural gigante. Nunca había estado en Estados Unidos antes de mudarme. Así que todo lo que sabía de USA lo había aprendido de las películas. Es decir, no sabía nada. En las películas, incluso policías detectives, tiene lofts espectaculares en el corazón de la ciudad, y ahí estaba yo en mi estudio de Queens sin televisión, con sólo un colchón y una radio vieja. Así que fue duro. Pero ¿qué puedes hacer? Lo aceptas y sigues adelante. Me llevó un tiempo adaptarme. Y si me preguntas si lo volvería a hacer, te diría que no, nunca.

 

 

¿Puedes hablarme de la experiencia que viviste durante la Guerra Civil Serbia?

En realidad fue la ruptura de la antigua Yugoslavia. Es demasiado para hablar de eso aquí, era surrealista, gente sufriendo a mi alrededor, era bastante devastador. Trato el tema con detalle en mi libro Belgrade Belongs To Me, pero sólo para darte una idea, niños y ancianos morían en los hospitales por la falta de medicina y comida (las Naciones Unidas nos impusieron sanciones económicas en 1993); la gente se suicidaba para no morirse de hambre; los índices de suicidios estaban por las nubes;  y los soldados volvían de la línea de frente medio locos.

¿Cómo influyó esa experiencia en tu forma de ver la guerra?

Me hizo sentir más cerca de los seres humanos, probablemente porque fue una experiencia directa, no estaba simplemente viéndolo en la tele.

¿Cómo escoges un tema o una persona a la que fotografiar? Y cuando la elección está hecha, ¿cómo te ganas la confianza de la gente para fotografiar esas escenas tan íntimas?

En realidad, no elijo un tema o una persona que fotografiar, ni tengo un método para ganarme a la gente. Simplemente me dejo llevar y las cosas van saliendo. Intento no juzgar a la gente y me acerco a ellos con el corazón abierto, con respeto. La gente se da cuenta de eso y se siente bien conmigo. La mayoría de las fotos que tengo de miembros de bandas con pistolas y gente disparando, las he hecho porque ellos me han pedido hacerlas. Tú no puedes preguntarle a una persona si puedes fotografiarlo en esas situaciones – imagínate ir a los barrios de protección oficial y pedirles que te dejen fotografiarlos con pistolas… Eso no podría acabar bien.

Niño jugando con una pistola, Estambul, 2007.

¿Has pasado alguna situación peligrosa cuando fotografiabas en una zona insegura?

Creo que he tenido bastante suerte, nunca me ha pasado nada malo. Siempre escucho lo que me dice mi instinto, y cuando me dice que algo se ha acabado, sencillamente me marcho. Obviamente tengo fotos bastante intensas, y esas pistolas señalándome, estaban todas cargadas, (si no, no tendría sentido tenerlas). Pero no me sentía amenazado en esas situaciones. Además, en situaciones como esa, segregas mucha adrenalina y eso te hace seguir. Sólo después me he dado cuenta de lo disparatado que era todo.

¿Qué te atrae de la fotografía como profesión?

Sencillamente, no me puedo imaginar haciendo otra cosa.

¿Crees que la fotografía puede tener un impacto en la vida de la gente?

Estoy seguro de que lo tiene pero nunca ha sido mi objetivo.  Nunca he intentado moralizar a través de mi trabajo. Yo no creo que pueda cambiar el mundo, yo sólo hago fotos e intento enseñar las cosas tal y como son.

¿Qué quieres conseguir mostrando las cosas tal y como son?

En realidad, nada. Es sólo la forma que tengo de ver el mundo. La gente que ve mi trabajo puede sacar sus propias conclusiones.

¿Disfrutas de tu trabajo?

Sí, mucho.

Brooklyn, 2003.

Has publicado muchos libros con tu trabajo, ha exhibido en galerías, y tus fotos ilustran artículos en publicaciones como Juxtapoz o Time. ¿Te consideras una persona con éxito?

Sé que suena a cliché, pero no mido el éxito con dinero o fama. Éxito es algo más profundo. Por ejemplo, estar a gusto con uno mismo sin importar en qué escalón social y financiero te encuentres en ese momento. Todas esas cosas pueden desaparecer mañana y luego ¿dónde te quedas? Creo que la mejor medida del éxito es disfrutar de tu trabajo y tu familia. No necesitas la aprobación de otra gente. Así que para contestar a tu pregunta: me encanta mi trabajo y adoro a mi familia, así que sí, creo he tenido bastante éxito.

¿Cómo mantienes un buen equilibrio entre tu vida personal y tu vida profesional?

No es muy difícil, porque no tengo muchas distracciones últimamente. Mi vida gira en torno a mi familia y a la fotografía y estoy bastante centrado en ambos.

¿Qué momentos de tu vida te han impresionado más y te han ayudado a definir lo que eres hoy?

La muerte de mi padre y el nacimiento de mi hija.

¿Cuándo murió tu padre?

Mi padre, Aleksandar, murió en 2004. Lo quería más que a nadie en el mundo. Pero creo que sólo se lo dije el día que murió. Me di cuenta de lo que es importante en la vida, y de que no estaré aquí para siempre. Algunas cosas que creí que eran importantes (dinero, etc), dejaron de serlo de repente. Me gustaría poder vivir cada día como si fuera el último. Pero entonces, no dejaría nada acabado.

¿Cuándo nació tu hija?

Mi hija Maya nació en septiembre de 2007. Ella le dio un motivo a mi vida, y las cosas empezaron a tomar sentido.

A parte de las necesidades básicas, ¿qué o quién necesitas tener en tu vida?

Mi familia y mi cámara.

¿Cómo ha cambiado tu vida desde que te mudaste de Serbia a los Estados Unidos?

En todos los sentidos posibles, y está siempre cambiando, pero es bueno. Además, cuando cambia tu vida, tú evolucionas como persona y al mismo tiempo, evoluciona tu trabajo. Es bastante excitante. Estoy constantemente inspirado, como un niño.

¿Puedes citar algún ejemplo de inspiración –gente, lugares, objetos o escenas- que atrapen tu mirada?

Viajar, por ejemplo. Ver cómo otra gente y otras culturas viven no tiene precio. Te cambia, te da nuevas perspectivas, porque ver diferentes formas de ser te ayuda a decidir qué quieres ser en tu propia vida. Pero, en realidad, casi todo me inspira. Simplemente bajando la calle  podría disparar un carrete en una sola manzana, no importa si es de gente, pájaros, nubes o edificios. Hay fotos buenas en todas partes. Creo que la cuestión está en abrir tu mente y dejar que vengan a ti.

Estación de metro Grand Centra, Nueva York, 2003.

¿Cuáles son los hitos que han marcado tu evolución personal desde que te mudaste a América?

Cuando empecé a vivir gracias a la fotografía (sobre el 2004); cuando conocí a mi esposa (2006); y cuando tuve a mi hija (2007).

¿Qué te frustra de América? ¿Y qué te impresiona o sorprende?

La situación actual en América no es bastante buena. Muchas cosas me recuerdan a cómo era Serbia antes de que estallara la guerra.  Y lo que me sorprende es que la gente todavía no se pelee por la calle.

¿Qué cosas en concreto te recuerdan a Serbia antes de que estallara la guerra?

Algo que es muy parecido es el gobierno intentando acabar con la crisis económica imprimiendo más dinero. Eso fue un desastre para Serbia, y también va a ser un desastre para este país. Toda esta palabrería de salir de esta y de recuperación es una tontería. Las leyes de la naturaleza no funcionan así.

Está pasando algo muy parecido en los medios de comunicación. Hay sólo una opinión que pueda expresarse. A cualquiera que opine lo contrario se le tacha de traidor o chiflado.

Durante el último año y medio en América se ha estado hablando de un antes y un después de la caída del mercado de valores de noviembre de 2008, de una forma parecida a cómo se hablaba de la vida antes y después del 11S. ¿Cómo ves el crack y la situación actual del desempleo y los problemas económicos?

Creo que lo peor está por venir. Desgraciadamente, creo que esto es sólo el comienzo. De nuevo, es parecido a lo que pasó en Serbia, la clase media está desapareciendo y los ricos, se están haciendo más ricos. Es una nueva forma de feudalismo.

Tokyo

Bang Bang Club.

Otro estupendo artículo que he encontrado en Photoheer sobre el Bang Bang Club. Disfrutadlo.

LOS QUE VIERON DEMASIADO

por: Mariana Enriquez

Desde la liberación de Nelson Mandela a las elecciones que lo consagraron como presidente, hubo una silenciosa y terrible guerra civil en Sudáfrica, no sólo entre negros y blancos sino también entre los partidarios de Mandela y los zulúes separatistas, financiados bajo cuerda por los paramilitares.
Los mejores corresponsales de guerra del mundo estaban ahí, pero las más vívidas imágenes las consiguieron cuatro fotógrafos sudafricanos.
Hoy, dos de ellos están muertos y los otros dos acaban de publicar un libro contando su experiencia.
Ésta es la historia de esos cuatro amigos, bautizados el Bang Bang Club por su temeridad rayana en la demencia.

Greg Marinovich en su cuarto oscuro.

Como la mayoría de los sudafricanos blancos, Greg Marinovich, un hijo de inmigrantes croatas criado en el apartheid, no comprendía demasiado bien de qué se trataba esa guerra civil que se había desatado en la comunidad negra tras la liberación de Nelson Mandela después de 27 años de prisión y ante la posibilidad de que los sudafricanos pudieran participar por primera vez en su historia de unas elecciones sin discriminación racial. Tenía 28 años, en agosto de 1990, cuando decidió abandonar la fotografía antropológica para internarse con sus cámaras en los albergues de Soweto, el ghetto negro más grande de Sudáfrica, a sólo 15 kilómetros del centro de Johannesburgo.

Los albergues eran precarios edificios que, durante el apartheid, servían para alojar a los pobladores negros de las zonas rurales. Las leyes sudafricanas sólo les permitían permanecer en zonas urbanas mientras tuvieran un empleo. Y prohibían explícitamente la presencia de mujeres. Escribe Marinovich:“El sueño del apartheid era forzar a los negros (el 80% de la población) a ser ciudadanos legales sólo en las homelands étnicas, que eran nominalmente independientes y cubrían apenas el 13% del territorio. El resto del país, las tierras ricas, podían así ser disfrutadas por la minoría blanca, que convenientemente los empleaba para trabajos cautivos”.

Los albergues eran edificios claustrofóbicos: hornos en verano, heladeras en invierno, y todo el año superpoblados. En 1990 eran, además, el mayor foco de violencia entre quienes apoyaban al Congreso Nacional Africano (CNA) de Nelson Mandela y los separatistas zulúes (Inkatha). El conflicto entre etnias (la gran mayoría de partidarios del CNA pertenecían a la comunidad Xhosa, más urbanizada que los zulúes) era histórico y real, pero lo cierto es que Inkatha recibía secretamente armas y entrenamiento militar de las fuerzas de seguridad del gobierno blanco, a cambio de colaborar con ellos en el intento de destruir al CNA. Por supuesto, había zulúes que apoyaban al CNA, de modo que también existía este conflicto interno.

En aquel momento, sin embargo, Marinovich ignoraba casi todo matiz acerca de esa guerra civil, y llegó a Soweto dispuesto a tomar fotos del bando de los Inkatha. Después de algunas horas dentro de un albergue, Marinovich se dio cuenta de que los zulúes con los que estaba hablando empezaban a ponerse nerviosos. En una de las habitaciones, aparentemente, se había escondido un partidario del CNA que los miembros de Inkatha obligaron a salir. “Los zulúes y yo lo corrimos, una jauría tras la presa aterrada. Después de dar unos cuantos pasos el perseguido cayó, no sé cómo o por qué, pero los atacantes lo rodearon enseguida, en un círculo apretado y silencioso, y empezaron a acuchillarlo y apalearlo. Mis oídos captaban con absoluta nitidez el suave sonido del acero penetrando en la carne, los golpes secos de los palos destrozando su cráneo… Yo era uno más en el círculo de asesinos, fotografiándolo a apenas medio metro de distancia. Estaba horrorizado, diciéndome a gritos que eso no podía estar sucediendo. Pero al mismo tiempo verificaba si la luz estaba bien, cambiaba de cámara (una cargada con rollo color, la otra en blanco y negro), era tan consciente de mi trabajo como fotógrafo como del olor a sangre y a sudor de los hombres a mi alrededor… El muerto no era un Xhosa, sino un Pondo. Y los Pondo estaban más cerca de los zulúes que de los Xhosa; de hecho, la mayoría apoyaba a Inkatha”.

Antorcha humana, Premio Pulitzer, 1991.

Cuando Marinovich volvió al diario donde trabajaba, sus compañeros le sugirieron que llevara las fotos a Associated Press. Se las compraron. “Estaba aprendiendo rápido. Era mi oportunidad de ganarme un lugar en el mundo del periodismo. Y eso era posible gracias al salvaje asesinato de un hombre”. Su foto más famosa llegó un mes después, también en Soweto, pero en un barrio (White City) dominado por partidarios del CNA. La víctima, esta vez, fue un zulú: un chico se acercó al hombre que yacía inerte, desarmó la molotov que tenía preparada y roció al hombre con nafta. Después, le tendió su caja de fósforos a uno de los hombres que había participado del linchamiento. “Había una boletería de ladrillo que me impedía ver al hombre tirado en la calle. Cuando oí a las mujeres ululando en celebración de la victoria, corrí para ver mejor. El hombre al que creía muerto estaba corriendo hacia el campo, envuelto en llamas. Lenguas de fuego rojas, azules y amarillas quemaban su ropa y su piel. Corría de manera torpe y urgente, lo que pretendía era escapar del dolor. Levanté la cámara mientras la antorcha humana detenía su marcha y se derrumbaba. Cuando hacía foco, noté que el sol estaba justo detrás del hombre en llamas. El medidor de luz de la cámara no funcionó, así que abrí totalmente el diafragma. Apreté el obturador y después alejé la cámara de mi rostro por un segundo para enmarcar. Un hombre semidesnudo y descalzo entró en cuadro y descargó un machetazo sobre la cabeza incendiada del hombre, mientras un niño escapaba de esa visión infernal, de ese enemigo que se rehusaba a morir”. En abril de 1991, esa foto de Marinovich, que se llamó Antorcha Humana, ganó el Pulitzer. Fue el primer Pulitzer que se le otorgó a un sudafricano.

El Bang Bang Club

La crónica de estas dos fotos de Marinovich abarcan enteramente los primeros capítulos de The Bang Bang Club: Snapshots from a Hidden War, el libro que el fotógrafo sudafricano acaba de editar en el sello Random House, escrito en colaboración con su compañero y compatriota Joao Silva.

El Bang Bang Club era un grupo de cuatro fotógrafos sudafricanos integrado por Marinovich y Silva junto a Kevin Carter y Ken Oosterbroek. Compañeros de trabajo desde 1991, para cuando Mandela ganó las elecciones tres años después, dos de ellos (Carter y Oosterbroek) estaban muertos. Según dice el Arzobispo y Premio Nobel de la Paz Desmond Tutu en el prólogo del libro, esos cuatro fotógrafos fueron los que ayudaron a contar la historia: “Nos maravillaban con su trabajo ¿Cómo hacían para capturar esas imágenes en el frenesí de la matanza? Debían tener un coraje extraordinario para trabajar en los campos de la muerte tan imperturbablemente y con tanto profesionalismo. Y debían ser bastante fríos para enfrentar ese horror como parte de su trabajo. Ahora que han roto el silencio sabemos cómo operaron en equipo, cuán frecuentemente debieron ser insensibles, al punto de pisotear cadáveres sin mostrar emoción, para capturar esa imagen que les demandaban las agencias. Ahora sabemos un poco el costo de ese constante contacto con la muerte que ellos llamaron, con humor macabro, el Bang Bang Club. Los sudafricanos les debemos muchísimo por su contribución en este frágil proceso de transición de la represión a la democracia, de la injusticia a la libertad”.
Marinovich y Silva, los sobrevivientes del grupo, empezaron a escribir una crónica de aquellos tiempos durante la transición sudafricana, en 1997. Confiesa Silva: “No queríamos ni hablar sobre esa época. Y cuando nos decidimos a hacerlo, fue un viaje de descubrimiento. Las preguntas sobre nuestros actos eran muy complejas, más allá de cuánto los hubiéramos racionalizado. Aún hoy no podemos liberar del todo la rabia y la amargura que nos invade cuando recordamos. Es parte de nosotros, de nuestro país. Lo que descubrimos que nos unía como grupo era que cuestionábamos la moralidad de nuestro trabajo, que había momentos y lugares en los cuales había que bajar la cámara y dejar de ser fotógrafos”.

La amistad entre los miembros del Bang Bang Club empezó en los años ‘80. Greg Marinovich conoció a Kevin Carter, el más inestable de los cuatro, a través de su hermano, un periodista deportivo. Carter era jefe de fotografía (duraría poco en el puesto) del periódico anti-apartheid Weekly Mail. A principios de los ‘90, Marinovich y Carter empezaron a recorrer los barrios negros juntos. Carter era amigo íntimo de Ken Oosterbroek, jefe de fotografía de The Star, dos veces elegido Fotógrafo Sudafricano del Año, y el más arrogante y atractivo del grupo. Marinovich lo admiraba,y le gustaba trabajar con él. El club se completó cuando Joao Silva entró a trabajar en The Star, a instancias de Ooesterbroek. “Había amistades individuales entre los cuatro, y a la vez un lazo común. Nuestras novias y esposas se hicieron amigas, y nos juntábamos siempre a cenar o discutir las fotos cuando uno de nosotros había logrado algo bueno”, escribe Marinovich. “Cuando había mucha violencia, formábamos una patrulla de madrugada: nos levantábamos antes de las primeras luces para recorrer juntos los barrios, cosa de no estar tan desamparados si sonaba la alarma. El amanecer era la transición entre el caos de la noche y el supuesto orden del día, el momento en que la policía se llevaba los cadáveres. A veces, cuando escuchaba el despertador, buscaba cualquier excusa para quedarme en la cama. Pero saber que los otros me estaban esperando en alguna parte terminaba obligándome a levantarme”. El amanecer también era la hora en que los trabajadores subían a los trenes: el momento en que había más gente en las calles, y el momento más propicio para la violencia.

Para 1994 el Bang Bang Club ya era un grupo absolutamente unido: “Les habíamos cerrado la puerta a todos los fotógrafos que se nos querían unir. Sí; éramos arrogantes, elitistas y muy competitivos. Era un poco ridículo, pero la verdad es que habíamos pasado años aprendiendo cómo conseguir buenas fotos en circunstancias tan difíciles, y no queríamos ayudar a ningún advenedizo, fuera local o extranjero, que pretendiera hacer lo suyo en un par de semanas y después irse”. El Bang Bang Club fotografió casi todo, incluso la agonía de uno de sus integrantes, cuando Ken Oosterbroek fue asesinado por una bala perdida en Thokoza, en 1994. Pero nunca pudieron documentar el accionar de la “tercera fuerza”: los parapolicías y paramilitares blancos que asesinaban en los barrios negros. Estaba claro que esto sucedía: las denuncias se multiplicaban, así como las historias de hombres blancos con el rostro y la piel de los brazos pintados de negro para camuflarse. Pero el Bang Bang Club no logró una sola foto que documentara el terrorismo de estado.

Las responsabilidades de la policía blanca se conocerían mucho después, en el Informe de la Comisión por la Verdad y la Reconciliación, durante el gobierno de Mandela.

El buitre y la niña

Kevin Carter

Kevin Carter había nacido en una familia cristiana de clase media. “En casa no éramos racistas, sino supuestos liberales. Fui criado para amar a mis semejantes, pero ahora cuestiono a la generación de mis padres por no haber hecho nada contra el apartheid”. Cuando terminó la secundaria, Carter entró en el ejército. Pronto se dio cuenta que había sido un error: en 1980, trató de defender a un mozo negro que sus compañeros soldados insultaban. Lo golpearon tanto que terminó en un hospital. Cuando lo dieron de alta desertó e intentó empezar otra vida como disc-jockey en Durban, con nombre falso. Cuando descubrieron su verdadera identidad, intentó suicidarse por primera vez, con veneno para ratas. No lo consiguió, y aceptó terminar el servicio militar, con las penalizaciones correspondientes, para evitar más problemas. Cuando estuvo libre, empezó a trabajar como fotógrafo. A esa altura, ya era adicto a la Pipa Blanca: una combinación de Mandrax (de venta ilegal en Sudáfrica) y dagga (marihuana), que se fuma usando el pico de una botella rota.

En 1993, cuando trabajaba para el Weekly Mail, Carter sintió que su carrera como fotógrafo estaba en un punto muerto, y decidió financiarse él mismo un viaje a Sudán. Lo acompañó su amigo Joao Silva. Querían trabajar en lo que los voluntarios llamaban “El Triángulo de la Hambruna”, en el sur de Sudán, donde el gobierno islámico estaba en guerra con las tribus Nuer y Dinka. Llegaron en un avión de las Naciones Unidas cargado de comida. “Los pobladores hambrientos rodearon el avión, salvo aquellos demasiado débiles para caminar, que esperaban sentados alrededor de un improvisado comedor”. Los dos vieron fotos por todas partes, así que se separaron por el campamento. Un rato después, Carter se acercó a Silva, excitado, restregándose los ojos, pero no llorando, y le dijo: “Le estaba sacando fotos a una nena arrodillada, que apoyaba la cabeza contra el suelo, y de repente un buitre gigante se posó detrás de ella. Seguí disparando, y recién después espanté al buitre”. Cuando trató de mostrarle el lugar, no se veía el buitre por ninguna parte, pero la nena seguía ahí, vencida por el hambre. Ninguno de los dos la ayudó a llegar al comedor, que estaba apenas a cien metros, cuenta Silva en el libro.

Kevin Carter, Premio Pulitzer, 1994.

Carter vendió la foto al New York Times, y ésta se convirtió en un símbolo de la hambruna, usada en infinidad de posters y campañas. Cuando se publicó en el diario neoyorquino, llegaron a la redacción miles de cartas preguntando qué había sucedido con la niña, qué había hecho el fotógrafo. Carter tuvo que confesar que no había hecho nada. Suponía, dijo, que se había levantado por las suyas y llegado al comedor. El 12 de abril de 1994, la foto ganó el Premio Pulitzer, el segundo de Sudáfrica. Cuando llamaron a Carter desde el diario para anunciarle que había obtenido el premio, el fotógrafo no entendió qué le estaban diciendo: llevaba dos días fumando Pipa Blanca sin parar, y no quiso ni atender a la ansiosa prensa extranjera. Marinovich cree que los cuestionamientos lo estaban enloqueciendo. “Es la foto más importante de mi carrera, pero no estoy orgulloso de ella”, decía Carter. “No quiero ni verla. La odio”. Su compañero no se atreve a juzgarlo en las páginas del libro. “Cuando Joao y yo estuvimos en Somalia en 1992, en medio de la hambruna, ninguno de los dos recogió a un solo chico enfermo o agonizante, aunque vimos cientos. Los mirábamos morir y sacábamos fotos. Yo me sentí impotente cuando fotografié a un hombre cuyo último hijo se le estaba muriendo en sus brazos. Eran buenas fotos; la tragedia y la violencia son imágenes poderosas; por eso las pagan así. Algo de la emoción, de la empatía y la vulnerabilidad que nos hacen humanos se pierde cada vez que apretamos el disparador”.

Ken O

Ken Oosterbroek

En la primera mitad de los ‘90, Thokoza era el barrio negro más peligroso de Sudáfrica, a sólo 16 kilómetros al sudeste de Johannesburgo. Los muertos durante los enfrentamientos eran tantos que la policía dejaba los cuerpos tirados en las calles durante gran parte del día, supuestamente porque no daban abasto. Había jaurías de perros callejeros que se alimentaban de cadáveres. El 18 de abril de 1994, el Bang Bang Club (salvo Kevin Carter, que supuestamente estaba dando entrevistas por su Pulitzer) entró a Thokoza. Querían cubrir la batalla entre los partidarios del CNA e Inkhata. Iba a ser atroz: faltaba muy poco para las elecciones. Esta vez estaban los peace-keepers, un cuerpo policial transitorio integrado por miembros de la policía sudafricana, miembros del ejército de las homelands y guerrillas de los movimientos de liberación, que tenía como fin controlar la violencia, sin ninguna eficiencia.

La incapacidad de la policía había irritado a Oosterbroek, que a esa altura era el único miembro del Bang Bang Club que se había hecho famoso (se lo conocía simplemente como Ken O) y amenazaba convertirse en una leyenda viviente, no sólo por su prestigio como jefe de fotografía del diario de mayor tirada de Johannesburgo, sino por su itinerario vital (el nacido en una familia conservadora y racista que se dedicaba a documentar la violencia) y por su cuidada imagen de sex-symbol motociclista: pelo largo, bigotes, un perenne cigarrillo de marihuana entre los labios, música de los Doors y Bob Marley siempre a su alrededor y su extraña relación con Mónica, una periodista del Star que amenazaba con matarlo si la abandonaba. Al atardecer, después de una discusión de Ken O con los policías, el Bang Bang Club se protegió precariamente de un tiroteo. No fue suficiente: las balas policiales hirieron a Greg Marinovich, que estuvo a punto de perder un pulmón, y Ken O agonizaba en brazos de Gary Bernard, un fotógrafo novato del Star, mientras Joao Silva los fotografiaba.

En primer plano, James Natchwey ayuda a Greg Marinovich, herido en el hombro . Detrás, Joao Silva fotografía a Ken Oosterbroek gravemente herido. 18 de abril de 1994.

Escribe Marinovich: “No podía hacer otra cosa. A Ken le hubiera gustado ver las fotos al otro día. De hecho, Joao pensó que Ken, siempre tan preocupado por su imagen, hubiera preferido fotos donde el pelo no le tapara la cara. A fin de cuentas, Ken era el profesional consumado, el que le había enseñado que primero se sacaban las fotos y después se lidiaba con los demás”.

Un oficial de Peacekeeping ayuda al fotógrafo Gary Bernard a asistir a Ken Oosterbroek, herido mortalemte. Foto tomada por Joao Silva.

Ken O murió camino al hospital. Esa misma noche, Joao Silva en un bar, borracho, destrozó varias cámaras y pensó en dejar la fotografía, mientras Kevin Carter gritaba a quien quisiera oírlo que esa bala debería haberla recibido él, no su amigo íntimo. Sin embargo, al día siguiente, Silva y Carter volvieron a Thokoza, y fotografiaron el estallido de violencia más grande de toda la guerra civil, y el último de esa magnitud. Mikey Persson, un fotógrafo inglés que solía acompañarlos, dejó la profesión ese mismo día. Hoy vive en California, dedicado a sacar fotos publicitarias de Harley Davidsons y tatuajes: “Dice que a veces extraña la adrenalina de la guerra, pero cuando le sucede eso, recuerda lo que pasó en Thokoza, y la excitación se desvanece al instante”. Dos días después de Thokoza, Inkhata anunció que participaría en las elecciones, y aceptó un alto el fuego. Ante la decisión, Nelson Mandela dio un discurso, en el que dijo: “Esperemos que Ken Oosterbroek haya sido la última víctima”. Hoy, en Thokoza, en el mismo sitio donde cayó bajo las balas, hay un monumento que lo recuerda.

La vida demasiado dura

Kevin Carter fue aclamado como un héroe en Nueva York cuando fue a recibir su Pulitzer. Todo el mundo quería conocer al hombre que había tomado esa foto atroz, y se sorprendían al descubrir un joven simpático, con su tatuaje del mapa de África en el brazo y la mirada algo perdida. Reuter lo había despedido después que terminara chocando contra un árbol y arrestado por manejar borracho cuando debía ir a sacar fotos de un mitin donde hablaría Mandela. Ahora, sin embargo, todo el mundo quería contratarlo. Carter terminó firmando para la agencia francesa Sygma. Pero no sólo no conseguía otra foto tan sobrecogedora como la de la niña y el buitre, apenas era capaz de hacer fotos. “Perdí la paciencia con él en esa época”, escribe Marinovich. “Teníamos que manejar tantos problemas, y Kevin sólo complicaba los asuntos más sencillos inventando un drama tras otro”. En julio de 1994, Sygma le pidió que cubriera la visita de Mandela a Mozambique. Carter no pudo despertarse a tiempo, a pesar de que había programado tres relojes. Milagrosamente consiguió un vuelo, y pudo tomar las fotos. Cuando regresó a Sudáfrica, fue a cenar a casa de un amigo y se dio cuenta de que había olvidado los rollos en el avión. Frenético, volvió al aeropuerto, pero nunca pudieron encontrar el material. Hasta el día de hoy, esas fotos están perdidas.

Pocos días después, el 27 de julio, Kevin Carter entró a su camioneta, conectó el caño de escape a una manguera, cuyo otro extremo echaba los vapores dentro de la cabina herméticamente cerrada y se calzó su walkman. Su nota suicida, de más de ocho páginas, decía: “Estoy deprimido, sin teléfono, sin dinero… atrapado por imágenes de asesinatos y cadáveres, furia y dolor, niños heridos o muriéndose de hambre, hombres que aprietan el gatillo con alegría, policías y ejecutores… Voy a reunirme con Ken, si tengo suerte”. Escribe Marinovich: “Convertimos a Ken en un héroe, pero fuimos mucho más ambivalentes con la muerte de Kevin. Yo seguí enojado con él durante mucho tiempo. Aceptamos hablar con los periodistas que escribieron artículos sobre la tragedia de Kevin Carter, pero con reticencia. Después vino aquel tema que escribieron los Manic Street Preachers sobre Kevin, en el disco en el que estaba Everything Must Go, que vendió millones de copias. Y después vino aquella obra de teatro basada en su vida. Y terminó imponiéndose la teoría de El Hombre Que Había Visto Demasiado. Pero hay una parte mía que sigue viendo la muerte de Kevin de la misma manera que la vieron los jóvenes luchadores de Thokoza. Un día, volvimos con Joao a la calle Khumalo, muy cerca de donde había muerto Ken O, y nos encontramos con un grupo de camaradas que nos recordaban. Sus casas estaban inhabitables, incendiadas, pero ellos seguían ahí, porque no tenían dónde ir. Uno de ellos se había enterado del suicidio de Kevin, y me dijo burlonamente: ¿La vida era demasiado dura para él? No supe qué contestarle”.

El fin del club

“Nos sentíamos culpables. Nos sentíamos buitres. Habíamos pisoteado cadáveres, metafórica y literalmente, para ganarnos la vida. Pero no habíamos matado a esa gente. De hecho, salvamos vidas. Y, a lo mejor, nuestras fotos marcaron una diferencia, mostrándole al mundo la lucha de la gente por sobrevivir, algo que de otro modo no hubieran conocido, o no tan nítidamente. Hubo momentos, como en Soweto, donde fui culpable por no intervenir. Pero yo no tenía la culpa por los miles de hutus muriendo de cólera en el este del Zaire, ni por la policía abriendo fuego sobre civiles desarmados en Boipatong. El sentimiento de culpa quizá tenía que ver con nuestra incapacidad de ayudar. Manejar la culpa es fácil. Superar la incapacidad de ayudar es mucho más difícil, casi imposible. Hoy puedo decir que no sufrimos ni la centésima parte de lo que sufrió la gente de nuestras fotografías. Hoy puedo decir que no éramos responsables: solamente testigos”.
A fines de 1994, meses después de la muerte de Kevin Carter, Joao Silva descubrió que algo en él había cambiado. Estaba en Afganistán, en la ciudad de Kabul, bajo fuego de tanques soviéticos. Durante un bombardeo, vio emerger de la polvareda a un hombre que llevaba a su hijo moribundo en brazos y pedía ayuda. Silva los cargó en su auto y los llevó al hospital, donde el niño murió. “Hubiera tardado un segundo en sacarles la foto, pero no lo hice. En otro momento, hubiera fotografiado primero y quizá, sólo quizá, habría tratado de salvar al niño después. Nunca me había sucedido antes: de alguna manera, que ese chico muriera delante de mí hacía que todo lo demás pareciera insignificante”.

Si tenéis ganas, aquí tenéis un documental sobre el tema. Eso sí, en inglés. Y aquí podéis encontrar otro artículo interesante sobre la muerte de Kevin Carter.

Stanley Kubrick, el fotógrafo.

Y es que antes de ser cineasta, era fotógrafo y el Palazzo della Ragione de Milán va a exponer unas doscientas de sus fotografías. Se inaugurará el 16 de abril y se podrán visitar hasta el 4 de julio de este año.

La muestra subraya por primera vez la precoz producción fotográfica de Stanley Kubrick (Nueva York, 1928; Harpenden, Reino Unido, 1999), que con sólo 17 años fue contratado por la revista neoyorquina Look, de la que se despidió cinco años más tarde para intentar hacer películas. [Más]

Citas: Jean Gaumy

Tomar fotos es como ir a pescar o escribir. Se trata de sacar de lo desconocido aquello que se resiste y se niega a salir a la luz.

Cony Island (EEUU), 1987

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